Reposado Luis Palmero Pinturas.
No ha habido muerte de la pintura, sino una casi infinita capacidad de los pintores para sostener sus principios a la vez que para diversificarlos y expandirlos a medios y técnicas inéditos. Es más, creo que aún tenemos pendiente la asunción de los que, rechazados por las vanguardias, han regresado a primera línea de los intereses de los artistas. Como la elaboración de objetos afables y atractivos a la mirada del conocedor, lo que en otros tiempos hubiésemos denominado decorativos.
Sucede que se han transformado todas esas normas y reglas que se consideraban imprescindibles y que habían dado entrada a nuevas modalidades del gusto, así la atracción por lo inacabado, lo híbrido, lo mínimo, etc., que tienen hoy tanta o más fuerza que aquéllas.
Luis Palmero (Tenerife, 1957) se inscribe entre los pintores que prescinden por completo del aparato y los artificios creados por la pintura para centrarla exclusiva aunque no reductoramente en alguno o varios de sus elementos esenciales: el color, las mínimas formas constructivas, los componentes básicos del recuerdo... Le interesa "jugar con lo mínimos elementos y con mínimas variaciones".
Entiende la pintura, como una forma de condensar la imagen y aquietarla. Las suyas proceden de la arquitectura, del paisaje isleño o de la historia de la pintura moderna - así sus referencias a Málevich, por más que en esta muestra sean relativas a Rothko sin angustia ni congoja -.
Objetos, que no lienzos, la mayoría de pequeño formato - aunque brillen también otros grandes -, en los que sobre un sabroso fondo monocromo se distribuyen anchas extensiones, pinceladas simuladas de otros colores, que componen un lugar donde alegrar la mirada. Serge Fauchereau define de modo deslumbrante el objetivo de Palmero: "Dar soporte metafísico a la abstracción pura y sencilla de los mayores, y añadir algo más con una sonrisa".
Mariano Navarro
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