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EN EL ESTUDIO DE KARINA BELTRÁN
LA MIRADA ALERTA


COMO UNA "CABAÑA EN EL BOSQUE", EL LUGAR EN EL QUE VIVE Y TRABAJA LA ARTISTA ES EL REFUGIO DONDE MADURAR LAS IDEAS QUE LE INSPIRA LA INCESANTE VIDA CULTURAL LONDINENSE Luis Fernández


El día está gris y hace un frío intenso, pero sólo en la calle. Dentro del estudio de Karina Beltrán, en el barrio londinense de Notting Hill, todo resulta cálido, en equilibrio. El trípode descansa al fondo, delante del gran ventanal en el que los árboles del exterior se reflejan, se mecen. A primera vista es lo que delata que allí trabaja una fotógrafa; luego, el observador se detiene en el ordenador, impresoras, escáneres, en las múltiples cajas donde se archivan copias de fotos, negativos, diapositivas...

La artista enciende una barrita de incienso, se mueve como flotando por el espacio y se coloca delante de la gran pared blanca que le sirve para retratar a sus modelos cuando prepara escenas de interior. Su sombra se refleja. El ambiente es armónico: muebles de los años sesenta, cortinas de rayas de colores, muchos catálogos a mano y fotos colgadas o simplemente apoyadas en el suelo. "Para mí es muy importante el escenario en el que trabajo, ese lugar especial, como hecho a medida, en el que me meto a pensar, a soñar, a crear. Por eso tiene que estar rodeado de cosas que me gusten: colores, olores, música, libros y luz, la luz es esencial".

Para ella el estudio, la parte de la casa destinada a la creación, es como "una habitación secreta"; de ahí que se sienta un tanto incómoda cuando entra otra gente. El visitante atraviesa un pequeño jardín, llama a la puerta, sube unas empinadas escaleras y llega a lo que Beltrán define también como "una cabaña en el bosque", en la que se refugia y se transforma.

Un poco así se debe sentir todo creador pero, en este caso, el marco, el entorno, el pasillo alargado y un tanto misterioso, que se reconoce en algunas fotos, no puede ser más acorde. Lo percibe todo aquel que conoce una obra llena de sutilezas y atravesada de emociones. Hay que tener la capacidad de encerrarse mucho, de recorrer los huecos del alma, para poder captar las imágenes que conforman la última serie fotográfica de Karina Beltrán, El hilo de los días. Una serie que se expone en el Espacio Canarias de Madrid hasta el 28 de febrero, y paralelamente en la Galería Raquel Ponce, después de haberse mostrado en la Sala de Arte Contemporáneo de Santa Cruz de Tenerife, dentro de la Bienal Internacional FotoNoviembre.

"Cuando me encierro aquí me olvido de todo lo que transcurre fuera, del día a día. Pero esos momentos de recogimiento contrastan con otros en los que necesito estar en el exterior, nutriéndome de sensaciones, de paisajes diversos, de exposiciones de otros artistas que me estimulen". Londres, la ciudad en la que vive desde hace ya más de diez años, le ofrece las dos vertientes: el vértigo de las prisas, del movimiento, de una vida cultural incesante, y la tranquilidad de una ciudad muy solitaria, propicia para mirar hacia dentro. "Aquí los inviernos son largos y fríos y eso a mí, que vengo de Canarias, me ha modificado la manera de entender la vida. Ha afectado a los colores de mi paleta, que ha pasado de los tonos fuertes, exuberantes, puros y hasta chirriantes de mi infancia a tonalidades mucho más sutiles y transparentes que recorren toda la gama de los grises".

Cuando Beltrán habla, color es sinónimo de emoción, del mismo modo que paisaje o geografía remiten a vivencias. "De alguna manera, cuando uno cambia de ciudad está buscando el escenario que mejor se adapte a lo que está sintiendo y buscando en ese momento. Antoine d'Agata dice que lo importante no es cómo un fotógrafo mira al mundo, sino su relación íntima con ese mundo y yo estoy totalmente de acuerdo".

La artista está constantemente viajando, con el ordenador portátil, las cámaras y la maleta a cuestas, pero necesita un lugar donde recalar, donde reconocer el silencio. El hilo de los días se extiende de Canarias a Londres, pasando por otras ciudades como Madrid, Berlín y París, en una especie de danza en la que los destinos de seres anónimos se sienten cómplices, en una especie de elevación de las almas que remite al afán de belleza que todos anhelamos.

"Si las fotografías de El hilo de los días tuvieran sonido, escucharíamos el rumor del agua retirándose entre las piedras de una orilla. Muchos pájaros saludando al día desde las ramas. Un remolino de hojas secas. Notas de música atonal contemporánea, seguramente", señala la poeta Goretti Ramírez en uno de los textos del catálogo que acompaña a la exposición.

Se escucha a los pájaros cantar desde el estudio de Karina Beltrán y los árboles en esta época del año lucen dorados... Ella viste en tonos azules. Se la ve frágil y se la intuye soñadora. "Londres me ha dado muchas cosas", señala entornando los ojos. "Me ha ayudado a madurar, a ser lo que soy, pero no supe lo que Canarias significaba para mí hasta que me fui de allí. Ahora es la alegría de la luz, el mar, la fuerza que me transmiten sus paisajes, su vegetación. Me gusta sentir mis orígenes, verme como una criatura de isla. Lo que busco en cada ciudad es eso que se queda flotando, que se percibe y nos hace sentir que estamos descubriendo algo nuevo. Me gusta comprobar que mi manera de ver es siempre la misma, que lo que cambia es lo que me voy encontrando en cada momento".

Beltrán utiliza, dependiendo de la situación, diferentes cámaras. Todas descansan en una estantería detrás de la mesa principal. Todas esperan su momento. Hay una Bronica de medio formato, una Nikon analógica y otra digital, una Canon digital y varias cámaras antiguas. "Cuando viajo prefiero las digitales, me dan más seguridad; cuando trabajo en interiores opto por las analógicas", señala.

En una visita anterior a su estudio, el pasado verano, un niño posaba, más bien jugaba, a pegar distintos planetas en la pared blanca. Beltrán, desde detrás del trípode, le daba instrucciones. Le pedía que colocase uno o más elementos, que se girase a uno u otro lado... Las imágenes resultantes, tocadas por un halo mágico que es una de sus señas de identidad, forman parte de El hilo de los días. Un recorrido en el que las fotos de estudio se mezclan con otras tomadas al azar en las calles, en los cielos..., gracias al prodigio de la mirada alerta.


COMUNICAR EMOCIONES
"La técnica tiene una importancia justa y necesaria. Es algo que se debe aprender para luego olvidar. Cuando saco fotos no pienso en el resultado técnico. Estoy en comunión con el momento, sintiendo lo que estoy reflejando... Para mí la fotografía consiste en comunicar emociones, sensaciones... Normalmente no utilizo iluminación artificial ni recurro al Photoshop", explica la artista.

La tarde transcurre mansamente el día del encuentro. Efectivamente parece que no estamos en Londres sino en una cabaña en el bosque. Cerca, en torno al mercado de Portobello, está una de las zonas más cool de la ciudad, con sus cafeterías y sus tiendas de moda, pero esta calle es silenciosa y en el estudio tan sólo se escucha muy bajito a Portishead.

Al pedirle que hable de sus maestros, de sus referencias, Beltrán señala los catálogos: Francesca Woodman, Ana Mendieta, Cindy Sherman, Diane Arbus, Graciela Iturbide, Nan Goldin, el Aduanero Rousseau, Rinko Kawauchi, Masao Yamamoto... Y empieza a sacar de una de las estanterías libros de Robert Walser, Sebald, Gaston Bachelard, Alejandra Pizarnik... "La literatura es muy importante para mí. Mientras trabajo necesito hacer paradas y entonces leo. Es un alimento permanente. En El hilo de los días se percibe el aliento de escritores japoneses como Haruki Murakami y Yasunari Kawabata".

Aunque apenas son las seis de la tarde, ha oscurecido y Beltrán debe acudir a una cita con un grupo de artistas con los que forma el colectivo SuperMonday. "Nos conocimos haciendo un posgrado de fotografía en el Central Saint Martins (ella estudió Bellas Artes en la Universidad de La Laguna y realizó un máster en el Chelsea College, que supuso su salto de la pintura a la fotografía) y continuamos reuniéndonos, compartiendo afinidades y montando exposiciones colectivas en espacios alternativos de la ciudad, desde una peluquería abandonada hasta una casa de alguien que durante tres días se convierte en galería. En Londres hay un hambre por mostrar lo que se hace fuera de los circuitos oficiales y esto es muy estimulante. Sigue siendo una ciudad muy viva, dura, pero viva, en movimiento constante. Pasan tantas cosas que se te escapan a veces...", cuenta, casi como en un monólogo, mientras se pone el abrigo.

En el estudio de Karina Beltrán. La mirada alerta. Luis Fernández, Descubrir el ARTE. Año XI nº132.


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