Evocaciones de la pintura de José Rosario Godoy
Por Fernando Zamanillo Peral
Un ‘escenario’. Un objeto. Un pintor
El lugar, dominado por el verde reluciente de un pasto recién cortado, húmedo y fresco, además de una variada gama de verdes más profundos y oscuros, que cierran y al tiempo dan toques de sombra a la escena por todos sus lados: árboles y arbustos cuyas ramas y copas, a su vez, apuntan a un límpido y sereno azul luminoso, ese cielo que es bóveda inmensa a la que se dirige también nuestra mirada cargada de los más delicados sentimientos, reconciliado por un instante con nosotros mismos, el lugar, me digo, es el escenario perfecto para no ser representado por la pintura (ya han suido pintados muchas veces antes lugares similares a éste), sino para presentar lo proyectado, es decir, la representación de ella misma en su pristina naturaleza. Y en consecuencia, ahí, en medio de esta escena, un objeto oscuro, una plancha de hierro, se va cubriendo, por la mano del pintor, paulatinamente de blanco, iluminándose, sonriendo también, preparándose para recibir lo prefigurado, de modo que transforma su pesantez oscura de larva apegada a la tierra en nívea ty frágil crisálida que anticipa el vuelo.
El cuadro en la naturaleza
El pintor ha acometido el final. La metamorfosis se ha cumplido. Los colores puros están dispuestos en bandas, simulando una perspectiva falsa, cual si de una caja abierta, cuyos lados se alzan y se despliegan al aire, se tratara. Una caja ‘multicolor’ de tan sólo tres colores y sus dos falsas sombras negras, porque en tal escenario y con tan intensa luz pareciera que multiplica su colorida superficie irisándose sin fin. Tal semeja a un enorme insecto que se echara a volar, mas es un cuadro de dos dimensiones, recortado, geométrico, simple en su secreto, complejo en su intención, abstracto y puro, colocado en la naturaleza como una gema tallada, y esta, la naturaleza, el cofre que la guarda. Me digo que es un trampantojo, un engaño visual, pero es su permanente diálogo con la naturaleza que le rodea lo que me atrae, lo que atrapa mi mirada, divirtiéndome. Un gran mural sin muro en el que apoyarse, exento, al aire libre, y libérrimo, gratuito y lúdico, una sonrisa de la luz atlántica y de los vientos alisios, aquí, a este lugar del Norte transportada.
La pintura en la ermita
El lugar ahora, una ermita vacía, sin culto, sin altar ni retablo ni bancos en los que sentarse, sólo las paredes blancas, el suelo de piedra, y la techumbre de madera, como el coro y su escalera. Un lugar que sirve de sala de exposiciones, su nuevo y temporal cometido. Y ahí, al fondo, en el testero, tras el altar, la antigua sacristía, más oscura, pero también despojada del viejo mobiliario, despejada, blanca y limpia, ahí, me digo, cinco pinturas también sonrientes. No se pueden llamar cuadros al modo usual, pese a que son superficies bidimensionales y de colocación mural. Las propias imágenes representadas, en realidad una, que nos pueden parecer bolsas o cajas de colores, repetidas, siempre las mismas, se agrupan unas sobre otras, pintadas con manifiesto realismo, y recortan el contorno de las obras, actuando también como un engaño visual que quisiera transmitir una sensación de volumen, de tridimensionalidad, de movimiento y viveza. Y el color, más elaborado, plastificado e industrial, menos natural (¿qué es esto?), como lo es el del objeto en el prado. Hay en estas obras un guiño de cómic, de cartoon, de broma inocente y siempre para mí una sonrisa divertida en el sitio más inesperado, una sacristía de una ermita entre las verdes y solemnes montañas del Norte.
En la Feria de Arco, Madrid
El lugar, finalmente, está en una feria comercial, es el stand de una galería de arte, su espacio natural. Aquí las obras, estos singulares “cuadros”, ofrece una novedad que los enriquece a mi parecer: proyectan un reflejo de color sobre la blanca pared de madera, una sombra fluorescente, un aura delicada me intrigante, que nos hace pensar en falso en la presencia de la corriente eléctrica. Otro guiño, pues, de humor, que les da mayor viveza, una más alegre fantasía, pese a su engañoso realismo de trampantojo. El artificio ha triunfado. Hay ardid y astucia, hay habilidad y juego, pero se extienden alrededor sin disimulo, con esa franqueza que antes dije y ahora repito de broma inocente, de sonrisa divertida, de luminosa brisa atlántica.
Vuelvo al Norte y me reencuentro con el gran cuadro en el campo. Esta vez el escenario no es verde ni azul, sino blanco y gris. Nieva con insistencia sobre los prados ya blancos. Los colores flotan irreales sobre este nuevo escenario frío y plomizo. La luz irradia del interior del cuadro, del propio color. Nos sonríe desde su soledad… |