VISIÓN E ILUSIÓN
La voluntad de realismo y veracidad que habita en las obras de Rómulo Celdrán (Las Palmas de Gran Canaria, 1973) le permite desarrollar y prolongar algunas de las principales estrategias realistas de representación. Pero, en su caso, lo hace expandiendo hasta límites casi inverosímiles –que sin embargo no dejan de ser una absoluta “verdad”- las ambiguas y engañosas fronteras de la percepción. ¿Lo que vemos es realidad o es ilusión? Sin duda, ambas cosas: Visión e Ilusión. Porque, en esencia, el trabajo de este singularísimo artista se mueve como pez (veraz) en las voraces aguas del cuestionamiento de la propia naturaleza del arte. Frente a las prácticas efímeras, espectaculares y repetitivas de muchos jóvenes artistas en la actualidad, Rómulo Celdrán apuesta por la magia del trabajo diario, moroso, disciplinado, coherente y pleno de una –casi- monástica y mística laboriosidad. Un auténtico videre et labora, ya que la suya es una especial y laboriosa visión que nos ayuda a ver mucho más de lo que habitualmente vemos (o creemos ver). Su ojo –que es la prolongación de la pupila de su mano- muestra un paradigma real que resulta ser más real que la propia realidad. Recuerdo, en este sentido, las palabras de Howard Kanovitz, destacado representante del realismo americano de los setenta: “el realismo consiste en reconocer algo que nunca hemos visto, un fragmento sorprendente de realidad visible y psicológica que no se puede limitar simplemente a la voluntad de representar las cosas tal como uno las ve”. Porque, ciertamente, en su obra Celdrán alcanza todo un grado cero de realidad que le permite representar el mundo y presentar(lo) con unas inquietantes dosis de veracidad y, al mismo tiempo, de mágica apariencia. Para lograr sus objetivos artísticos emplea una notable variedad de lenguajes y recursos expresivos: pintura, dibujo, grabado (fundamentalmente litografía) y escultura. En los inicios de su trayectoria la pintura –práctica que nunca abandonará- se convierte en su primer y principal instrumento de registro visual y formal. El óleo, desplegado sobre tabla, le permite alcanzar unas excelentes cotas de perfección formal, rayando en el virtuosismo, consiguiendo así reflejar, a la vez que cuestionar, una personalísima visión del mundo real y de la propia naturaleza. Pese a ello, no quisiera dejar de recalcar que el muy elevado nivel técnico que atesora, nunca es fin de camino sino, al contrario, un fiel compañero para andarlo y (re)conocerlo.
Por su parte, el dibujo es otro de los territorios de registro iconográfico en el que, a mi juicio, es capaz de alcanzar excelentes cotas de expresión y comunicación plástica. Un dibujo que en sus manos –nunca mejor dicho- se transforma en perfecta herramienta representativa y perceptual, y que le convierte en una suerte de notario visual del mundo. Con el humilde acompañamiento de un simple lápiz de grafito, recorriendo los infinitos paisajes que puede encerrar una –también humilde- tabla de madera, Rómulo es capaz de reproducir el universo y hacérnoslo tangible, posible y fascinante. Últimamente viene trabajando con el concurso y el recurso del lápiz blanco sobre gesso negro en tabla, consiguiendo resultados formales, pero también conceptuales, que frisan con lo –literalmente- increíble. La pupila blanca de su lápiz, en un casi circense “más difícil todavía”, cautiva, encela, desconcierta e hipnotiza las negras pupilas de nuestros ojos. Y, sin embargo, la escultura es tal vez el lenguaje con el que Rómulo Celdrán logra articular una gramática más perfecta, más mágica, más rotunda y también más ambigua. Sintaxis que tiene, sin duda, a la P de perfección como letra alfa y omega de su escritura plástica. Habitualmente las concibe y realiza empleando un único bloque matérico, bien puede ser piedra o madera. A su vez, cada pieza suele dividirse en dos partes: un basamento o pedestal, que deja ver las “vísceras” del propio material (un fragmento pétreo o un bloque de madera), y sobre éste, diversos objetos pertenecientes al mundo cotidiano (una bolsa de plástico, unas cáscaras de naranja, unas cajas de cartón, una esponja, un rollo de cuerda, unas sandalias, el dibujo en espiral de una manguera…). Esas dos mitades de la misma pieza le sirven para presentar una obra “con trampa y sin cartón”: la trampa de la engañosa y ambigua percepción, y sin cartón porque el cartón puede (y es) piedra… o madera. Obras que denomina objetos, y que, indudablemente, pervirtiendo nuestra mirada, se postulan como objetos del deseo del sueño y de la plausible ficción. Una hábil y complementaria epidermis cromática -perfectamente administrada y equilibrada, fruto de su saber estar pictórico- ayuda a convertir sus esculturas en un auténtico e hipnótico trampantojo, y a nosotros, en los petrificados observadores de sus cantos visuales de sirena. Junto a estas estrategias tridimensionales, últimamente ha abierto una nueva línea de trabajo escultórico que me trae recuerdos del mejor Oldenburg, cifrada en la representación de otro aparente “equívoco” perceptivo. Así, la serie Macro se adentra en el ambiguo juego de las escalas, proponiendo objetos que parecen pervertir su propia medida. Guantes, tubos de pintura o capuchones de bolígrafo nos desafían a un reto de percepciones y representaciones en el que no sabemos ya si somos Gulliver o los diminutos ciudadanos de Lilliput.
Francisco Carpio
|